jueves, 14 de marzo de 2013

Federico Mora.

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No se como se llamaba, vagamente me acuerdo de su cara, tenia pelo corto a la altura de los hombros, castaño oscuro y una mirada que denotaba miedo y vergüenza, hombros encogidos, brazos cruzados y ese camisón sucio característico del lugar en donde estaba.

El olor era insoportable, es de aquellos olores que impregnan en el recuerdo y destapan hasta las narices con sinusitis, asqueroso, una mezcla de heces, vómitos, orines, personas sin bañarse y desinfectante cuarteado.

Me encanta mi profesión, aunque no la ejerzo al cien por ciento, me gusta lo que estudie, lo que aprendí y aun eso que viví en el Federico Mora, el único hospital psiquiátrico público en Guatemala. Esos días conocimos a mucha gente única, y no por lo que  les aquejaba, aunque eso les daba un toque asombroso increíble, pero eran únicas porque sus historias y sus preocupaciones salen de la norma completamente y todas estaban tan serenas e incluso unas tan cariñosas que daba miedo, no solo se sentía raro sino daba miedo.

Clara, le llamare a la joven cuyo nombre no recuerdo, tenia trastorno bipolar, y en un arranque maniaco había decidido que sus pastillas no le servían más, no se que fue lo que hizo exactamente, pero su episodio de euforia provoco que sus más cercanos familiares la internaran en ese establecimiento digno de muchas historias de terror, y ella solo decía, - por favor llame a mi mamá, yo le doy el número, dígale que ya estoy bien, que me saque de acá – y es que sin una dosis generosa de estupefacientes no había sopor que la sacara de su angustiante realidad y ver su desespero, sentirlo, casi palparlo, fue lo que provoco que me saliera abruptamente de la sala de entrevista y corriera al baño, solo para encontrarme vomitando en el pasillo, claro que el olor no ayudo, pero no soy una persona que le de asco o vasca cualquier cosa, fue la impresión de que esa joven tenía mi edad y ya había perdido su mente.

Perder la mente es algo tenebroso, sin embargo ya perdida no se extraña, no se añora, la Reina Rey era una señora de unos setenta y pico años, que se consideraba una Reina hermafrodita, por eso también era Rey, donde todos sus súbditos vivían dentro de ella, coloridos, psicodélicos y felices la alababan todo el día, y ella se veía tan complacida y feliz, que el médico de turno tuvo que ordenar que le subieran la dosis de antipsicóticos.

Y es que hasta que no se palpa, no se siente, hasta allí me di cuenta del regalo asombroso que tenemos casi todos en el mundo, aun con traumas y problemas, somos dueños de nuestra mente, no estamos recluidos en una institución porque ya no podemos cuidar de nosotros mismos, la vida se vive una vez y se va tan rápido, nos enfrascamos en las preocupaciones del diario vivir, cuando hay gente que con poco, gente aún que sin cordura vive feliz, lo que me hace cuestionar seriamente la cordura.

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