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No se como se llamaba, vagamente me acuerdo
de su cara, tenia pelo corto a la altura de los hombros, castaño oscuro y una
mirada que denotaba miedo y vergüenza, hombros encogidos, brazos cruzados y ese
camisón sucio característico del lugar en donde estaba.
El olor era insoportable, es de aquellos
olores que impregnan en el recuerdo y destapan hasta las narices con sinusitis,
asqueroso, una mezcla de heces, vómitos, orines, personas sin bañarse y
desinfectante cuarteado.
Me encanta mi profesión, aunque no la ejerzo
al cien por ciento, me gusta lo que estudie, lo que aprendí y aun eso que viví
en el Federico Mora, el único hospital psiquiátrico público en Guatemala. Esos
días conocimos a mucha gente única, y no por lo que les aquejaba, aunque eso les daba un toque
asombroso increíble, pero eran únicas porque sus historias y sus preocupaciones
salen de la norma completamente y todas estaban tan serenas e incluso unas tan
cariñosas que daba miedo, no solo se sentía raro sino daba miedo.
Clara, le llamare a la joven cuyo nombre no
recuerdo, tenia trastorno bipolar, y en un arranque maniaco había decidido que
sus pastillas no le servían más, no se que fue lo que hizo exactamente, pero su
episodio de euforia provoco que sus más cercanos familiares la internaran en
ese establecimiento digno de muchas historias de terror, y ella solo decía, - por
favor llame a mi mamá, yo le doy el número, dígale que ya estoy bien, que me
saque de acá – y es que sin una dosis generosa de estupefacientes no había
sopor que la sacara de su angustiante realidad y ver su desespero, sentirlo,
casi palparlo, fue lo que provoco que me saliera abruptamente de la sala de
entrevista y corriera al baño, solo para encontrarme vomitando en el pasillo,
claro que el olor no ayudo, pero no soy una persona que le de asco o vasca
cualquier cosa, fue la impresión de que esa joven tenía mi edad y ya había
perdido su mente.
Perder la mente es algo tenebroso, sin
embargo ya perdida no se extraña, no se añora, la Reina Rey era una señora de
unos setenta y pico años, que se consideraba una Reina hermafrodita, por eso
también era Rey, donde todos sus súbditos vivían dentro de ella, coloridos,
psicodélicos y felices la alababan todo el día, y ella se veía tan complacida y
feliz, que el médico de turno tuvo que ordenar que le subieran la dosis de
antipsicóticos.
Y es que hasta que no se palpa, no se siente,
hasta allí me di cuenta del regalo asombroso que tenemos casi todos en el
mundo, aun con traumas y problemas, somos dueños de nuestra mente, no estamos
recluidos en una institución porque ya no podemos cuidar de nosotros mismos, la
vida se vive una vez y se va tan rápido, nos enfrascamos en las preocupaciones
del diario vivir, cuando hay gente que con poco, gente aún que sin cordura vive
feliz, lo que me hace cuestionar seriamente la cordura.
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